Esa mirada.

lunes, 10 de febrero de 2014

"No dejaré que nadie derrumbe nunca tu sonrisa."

¿Algo significativo? Conocí la tristeza de la pérdida por primera vez. Mi infancia no fue fácil, por mucho que pueda pensarse que sí pero, aunque nunca conocí a mi padre y mi madre no se serenó hasta que cumplí cinco años, yo no sabía lo que era tener algo y perderlo.

Ella se llamaba Virginia, Ginger, y gracias a ella fui feliz desde los trece hasta los dieciocho años. Fue la primera niña que no se asustó al verme, solo por ser... Como soy.

Cuando era pequeña, mi madre decía que yo era alguien "especial". Eso solo tiene un significado negativo para mí, aunque sé que ella lo decía con otra intención. Mi cabello era demasiado... Rojo y las madres del pueblo decían que era hija del demonio, que un color como aquel solo podría haber brotado de las llamas del infierno. El párroco de la iglesia local tampoco ayudaba. Las habladurías y rumores se mezclaron con algunos... Pequeños incidentes. ¡Yo era joven! Y la cosa se me iba de las manos. Bueno, el fuego se me iba de las manos.

A los diez años hice arder el cobertizo de los señores Danaher. Por primera vez. Aquellas cosas llamaban mi atención. Al detalle del fuego sumémosle alguna oveja muerta desangrada y… ¡Repito, era joven!

Ginger llamó mucho la atención el día que llegó. Era morena, de unos preciosos ojos castaños y una sonrisa encantadora. Su familia venía de Inglaterra, en busca de la tranquilidad campestre de la que era (y es) famosa mi amada Irlanda. La madre de Ginger tenía una enfermedad que desconozco y los médicos le recomendaron que se alejara de la gran ciudad. En resumen, Ginger era joven, sin marido (y sin intención de tenerlo) y, lo más importante, venía de la gran ciudad. Con dinero. Todos los niños, más jóvenes y más mayores, querían jugar con ella. Yo estaba en un gran prado que colindaba con mi casa, recogiendo flores con Lulú, cuando los vi llegar. Ellos me ignoraban, a veces me insultaban en la distancia, jugaban a sus juegos y yo permanecía al margen, feliz de poder verles jugar, como si yo jugase con ellos. ¡Pero podía jugar con Lulú! Aquel día, supongo que para “impresionarla”, fueron especialmente crueles conmigo.

Bueno, ya no importa.  

Ginger salió en mi defensa y, desde entonces, no se separó de mí. Le encantaba mi pelo, llegando a pasar horas y horas peinándomelo de distintas maneras. Era algo mayor que yo, pero tenía esa característica forma de ver el mundo como si fuera una niña pequeña, por tal de olvidar los malos tragos que le daba la vida | ¿OS SUENA? |. Ella me recordó lo que era sonreír. ¡Y reír! Nos reíamos por todo, con todo y de todo. Éramos felices. Éramos niñas. Me sentía como una niña por primera vez, ¡y me gustaba! Incluso le llegué a mostrar lo que era capaz de hacer con el fuego. Con su ayuda y con el tiempo los niños del pueblo dejaron de meterse conmigo, cuando descubrieron que era yo la que les ignoraba a ellos.

“No dejaré que nadie derrumbe nunca tu sonrisa. Eso era lo que siempre me decía Ginger y yo siempre le contestaba “Y, el día que dejes de sonreír, se apagará una estrella. “¡Tú eres mi estrella!”, me acababa diciendo siempre, haciéndome cosquillas para que estallara en risas.   

Yo cumplí dieciocho años y, pocos meses después, ella cumplió veintitrés. Llevaba varios años casada con el hijo menor de los Danaher (el cual, por cierto, acabó cogiéndome cariño). Yo no me casé, por supuesto que no, ¡pero a ella no le faltaron pretendientes! Hizo bien en elegir a Sean, era un buen chico, después de todo.

Nos encantaban las noches de luna llena y todas, todas, todas, todas, íbamos a la entrada del bosque, a jugar con las luces que yo podía crear. Después de todo, nunca dejamos de ser dos crías. Pero una noche se me adelantó. Cinco minutos, solo llegó cinco malditos minutos antes que yo y me dolerán toda la vida.  
Llegué corriendo, corriendo como siempre. “¡Ginger, Ginger! ¿Dónde estás, Ginger?”, la llamé a voces, como siempre. Pero nadie me contestó más allá de un gruñido que me hizo parar en seco.

Luego, lo vi.

Creo que jamás he gritado tanto. Aún se me entrecorta la voz al recordarlo. Aún la mano me tiembla cuando pretendo escribirlo. El lobo huyó al olerme y mi mejor amiga se iba sin moverse, dejándome sola a cada triste exhalación que la sangre le permitía.

"Por favor, Ginger. Por favor, por favor, por favor...". Me incliné a su lado. Supliqué y supliqué con los ojos llorosos y la piel hirviendo de dolor, llanto y rabia, viendo como ninguna de las dos éramos capaces de hacer nada. Ginger se iba.

"Llorar te sienta fatal, Rose. Se te sonroja demasiado la piel y tanto rojo trae mala suerte." Su voz se entrecortaba, pero se rió, casi como siempre. En aquel momento fui incapaz de verle la gracia y, a día de hoy, sigo sin vérsela. Pero, aún sin saber cómo, consiguió sacarme una sonrisa. Y, entonces, fue cuando se serenó, dejando de reír. "Sabes que no dejaré que nadie derrumbe nunca tu sonrisa... Ni siquiera yo." Por primera vez me miró seria y... Triste. Reflejó más tristeza que el día en el que su madre murió. 

"Ginger, no, Ginger, por favor..." Ella estaba cada vez más y más pálida y, aunque a día de hoy no estoy segura, creo que me lo pidió por favor, en un susurro leve pero que sabía que yo escucharía. Lo intenté, pero ni por asomo fui capaz de decirle lo que ella buscaba con la  misma claridad claridad con la que lo dijo.

"Y... El día que dejes de sonreír... Se apagará una estrella... ¡Por favor, Ginger!" Sollozando, abracé su cuerpo ensangrentado, buscando refugio en un cuerpo que moría con cada palabra que era incapaz de pronunciar.

"Tú eres mi estrella..."



Murió mi primera, única y mejor amiga de la infancia. Por eso no me gusta hablar de mis primeros años de vida. Por eso nunca hablo de Ginger. Por eso conozco algo muy cercano al odio por lo que siento por los licántropos. 

El cielo no pareció notar la muerte de Ginger. Ninguna estrella se apagó y casi puedo jurar que las conté todas entre lágrimas. Una y otra vez. No hubo cambios en el cielo.

Al día siguiente, mi pelo se volvió completamente rubio por primera vez. Nunca en la vida había experimentado un cambio tan rápido y, hasta entonces, lo más claro que había llegado a ver mi cabello era un rojo aclarado.

La estrella de Ginger se había apagado.


                  



martes, 20 de agosto de 2013

A veces olvido que soy la escritora del dolor.

La oscuridad. La oscuridad es ese lugar donde las almas perdidas pueden ocultarse sin preocuparse de ser encontradas, y donde las almas puras son enterradas por capricho del destino.

Las sábanas son frías, aún más frías que la piel muerta que gime bajo el peso del amor que ha sido bien pagado. Los ojos muertos miran hacia la nada. No, miento. Miran hacia algo que nunca ocurrió, despertando la nostalgia entre los breves gemidos de un cuerpo colapsado por el caos. Por suerte, la oscuridad ayuda a fingir sonrisas y placer por tal de no pasar hambre otra noche más. Hambre de amor, de cariño humano. El cabello oscuro, dolorido, reposa sobre una espalda que fue acariciada y besada por los labios que siempre amaron con palabras bellas.

No hay amor, no para alguien como tú. Las putas sirven para venderse, no para ser amadas.

La crueldad es la marca que identifica el cuerpo aovillado en la esquina más oscura de la soledad. Con miedo de alzar el rostro, la garganta se ahoga una vez, cerrando el paso al aire que hace que el sistema siga funcionando, pero no viviendo. Un cuerpo que, de forma inteligente, quiere morir para no sufrir más. Las lágrimas de dulce agua salada son las únicas caricias que recibe el rostro pálido maltratado por manos áridas que arañaban la piel aterciopelada.

El arte no deja de ser aire por ser pinceladas en el aire.

Espero que no te enfades conmigo por estar despierta a estas horas, pero no puedo dormir y, aunque tuviera sueño, lucharía por mantener mis párpados abiertos otro segundo más; sería otro segundo en el que podría verte dormir. Me gusta porque te veo relajado, tranquilo e, incluso, a veces me sorprendes con una sonrisa seguida de un murmullo indescifrable. Me gusta cuando me abrazas en sueños, porque me haces sentir indispensable para que estos sean buenos, como si yo fuese una especie de atrapasueños que caza todas las pesadillas antes de que te toquen. 


Adoro el ardor constante de tu piel, aunque a veces me despierte muerta de calor en mitad de la noche, casi agobiada, pero merece la pena, porque me deleitas sin saberlo con momentos como este. Tu calor es mío. Solo mío.


Me hace sonreír que tus manos se coloquen inconscientemente sobre mi vientre y lo acaricien desde la noche en casa de mamá, a pesar de que aún las pruebas no dan positivo. Me gusta que quieras algo que ni sabemos a ciencia cierta que existe, que le des cariño sin saber que es real. Me siento privilegiada por poder acariciar y que me acaricien las manos de alguien que consigue crear arte con ellas. Me fascina tu forma de escribir, la pasión de tus palabras; me fascina tu forma de crear vida en pedazos de papel, como dice la epistemología que la experiencia crea conocimientos en una tabula rasa. Por no hablar de cuando creas vida en la piel, dándole mil matices a una realidad que pocos son capaces de ver. Esas mismas manos son las que me tocan, las que me acarician y luego tiran del cabello, las que hacen que todo mi interior se contraiga y relaje en un instante de placer infinito. Tus manos son mías. Solo mías.


Por no hablar de tus brazos marcados por el dolor, el amor y la poesía, en los que me perdería en acariciar y trazar dibujos imaginarios sobre la tinta que los impregnan. Esos brazos que me apegan a ti por las noches, protegiéndome de peligros que no existen o que yo no me imagino, los brazos que me dan fortaleza cuando creo que me voy a desplomar. Tus brazos son míos. Solo míos.
Y tu espalda, donde las caricias crecen hasta que mi agresividad se hace latente cuando mis uñas te desgarran y marcan, haciéndole ver al mundo que tu espalda es mía. Y solo mía.



Y sigo trepando por la enredadera de tu piel hasta llegar a tu cuello, en el que mis labios, mis dientes, mi lengua han vivido, han mordido, lamido y gemido cada grito de un orgasmo, cada súplica, cada risa, cada poema tuyo que me has permitido recitar.
No puedo evitar caer en la tentación de seguir subiendo hasta tu barba, ligeramente descuidada. Sé que lo haces porque me gusta, porque ver cómo mi mejilla se deja acariciar por ella hasta estremecerme, te hace sonreír. Tu barba es mía. Solo mía.
Luego, tus labios. No sé qué decir de tus labios. Apetecibles ahora que estás dormido, porque lucen entreabiertos, dejando que el aire pase por ellos recorriendo antes y después tu boca. Envidio al aire. Pero también son apetecibles durante el día, incluso 
cuando los frunces disgustado. Esos labios que me besan, que me exigen, que apaciguan el dolor cuando tus dientes se clavan en mí, siempre presentes cuando buscas recordarme que soy tuya. Solo quiero unir mis labios con los tuyos, hundir mi lengua en cada rincón de tu boca. Tu boca es mía. Y solo mía. 

Tu boca me recuerda a mil fantasías, como las que me narra tu voz grave, dulce y autoritaria, una voz que se me antoja a felicidad, que esconde secretos que quiero averiguar. Una voz que dice más de lo que parece. Tu voz como mejor reclamo para mi obediencia, como mejor llamada a mi éxtasis. Tu voz como la mejor de las melodías alguna vez soñadas. Tu voz es mía. Y solo mía.
No puedo evitar perderme en tus ojos. Perlas que parecen derretirse en el calor de tu cuerpo, del mío. Como nosotros cada noche. Tus ojos son míos. Y solo míos. 
A veces, trato de imaginar cómo deben verme esos ojos para que me quieras de la forma que lo haces, pero es algo que me resulta imposible. Pero, aunque no sea capaz de comprenderlo, no quiero que dejes de hacerlo. Porque eres mío. Y solo mío. 



Y sea como sea, no quiero separarme nunca de ti, de tu calor, de tu forma de hacerme el amor como si fuera arte. Porque mi alma quebraría y se rompería si eso sucediera. Dicen que mi alma es pura, pero sin la decadencia de la tuya, te aseguro que mis ojos se morirían. No puedes pedirles a unos ojos que han vivido la perfección que se adapten a la realidad mundana. Mi realidad es aquella que tú bordas en mi piel con cada experiencia y recuerdo inmejorable que da sentido a mi vida.

Por, eso soy tuya. Solo tuya.



lunes, 3 de junio de 2013

Como un "te quiero" al aire.

Miro y no veo, pero sé que sus ojos se han teñido de puro orgullo y satisfacción. La mesa tiembla, las fichas se mueven y el repiqueteo indecente de las copas de champán ya no nos sorprende. Sabemos a qué hemos venido. Sé a qué he venido. 
Es hora de pagar la deuda, recordando con tres lágrimas de dolor y una de añoranza el recuerdo de mi sonrisa, una sonrisa que decías que te encantaba, mirando por encima del hombro a la que ahora está en un trono de cartón.


Imbécil, yo tenía el de mármol.

Pero, ¿qué coño voy a decir yo? Ahora me tengo que arrodillar bajo la mesa para que me digan que he hecho algo bien. Me doy asco. Pero lo sigo haciendo, a pesar de todo, a pesar de tus insultos, a pesar de tus manos crueles que manejan mi carne muerta. Carne morada, muerta y grisácea de la que brotó amarga la vida en el momento del Adiós. Carne que ha podido recibir las más dulces caricias de manos ajenas. Por eso estoy aquí, porque mi piel duele si no es con tu tacto envenenado, grita agónica si no es tu susurro de voz grave el que percibe con sus poros. 
Mi carne se queja, pero no mi corazón; lleva muerto desde aquel Adiós. Y es que, con tus acaramelados "para siempre" y tus escasos "te quiero" lo llenaste de dulzura infinita para ti, pero el corazón no es como la carne: Una vez se mata ya no vuelve a latir. Ni por ti, ni por mí, ni por nadie.


- Esta es la historia que nunca ocurrió entre un chico y una chica que no existieron. -

domingo, 9 de diciembre de 2012

La carta que un padre nunca le escribió a su hija.


¿Tu madre? Cariño, tu madre es la persona más impaciente, cariñosa, divertida, inteligente, curiosa, buena, amable y... Perfecta que he conocido nunca. Ya la conocerás. Ella está deseando conocerte, ¿sabes? No para de buscar nombres en miles de libros, pues quiere buscar el nombre más hermoso que exista y no se da cuenta de que sea cual sea el nombre que elija seguirás siendo la más maravillosa de este mundo. La luz que ilumina en la oscuridad. Está deseando saber como serás: Si tendrás el pelo ondulado o rizado, si tendrás los ojos color canela o color cielo, si tu sonrisa será como la mía o la suya... Y así podría llevarme hasta que nacieras. Pero no puedo. Ni siquiera has nacido y ya te adora por encima de todas las cosas. Y estoy seguro de que tú la adorarás a ella casi tanto como yo la adoro. Como adoro su forma de fruncir el ceño cuando no conoce el significado de una palabra y como, justo después, empieza a pronunciarla con esos hermosos labios que me vuelven loco sin hacer a penas ruido, para no olvidarla, mientras va a un diccionario y la busca con rapidez, para saber qué significa. Ya te he dicho que es curiosa. Muy, muy curiosa e impaciente y me da a mí que vas a heredar eso de ella. Otra cosa que adoro de ella es como tuerce los labios cuando hace una mueca de esas que hace inconscientemente y que reflejan tan bien lo que piensa. Ya las irás conociendo. Y su mirada. Dios, cariño, su mirada es un mundo de sentimientos. Pierdes la noción del tiempo cuando su mirada se cruza con la de uno y mucho más ahora, que tiene ese hermoso brillo y que no se apaga nunca. Ese brillo eres tú, pequeña. Es el brillo que tiene desde que sabe que te va a dar la vida. Y, cuando llora, te das cuenta de que esos hermosos ojos no merecen llorar por tristeza, sólo por alegría, así que no le causes muchos disgustos. El pelo de tu madre cae en cascada por toda su espalda y... Ojalá tengas tú ese pelo tan hermoso y lleno de vida. Dice que quiere cortárselo. Por favor no dejes que lo haga nunca, porque forma parte de su perfección. Una perfección que yo no voy a poder seguir viendo. 
Pequeña, si te escribo esto y no te lo cuento cuando puedas entenderme, es porque no voy a poder y porque quiero que cuides de tu madre lo que yo no la voy a poder cuidar. Y porque quiero que me perdones, por cometer el pecado de no poder conocerte. Lo siento, pero ya entenderás que hay cosas que ni los padres podemos controlar, como por ejemplo, el destino. Y el destino me obliga a no conocerte, a no poder cogerte en brazos y me obliga a no poder seguir contemplando la perfección de tu madre más. Y tengas los ojos color azul del cielo o color verde de prado en primavera, no quiero que llores nunca. Ni aunque yo no pueda estar a tu lado para limpiar las lágrimas de tu rostro. Y quiero que sonrías, ya tengas mi sonrisa o la de tu madre, de pura felicidad.

Porque te he querido, te quiero y te querré siempre.
Tu padre.

Por cierto, y esto entre tú y yo, aunque le diga a tu madre que me da igual como te llames... Me gusta mucho Rose.

jueves, 21 de junio de 2012

Sinceramente, ésto no necesita ni título ni presentación.


Hombres, ese tema tan complicado. A veces incluso creo que sería más fácil abordar un tema relacionado con física cuántica -aún siendo una chica de letras, como yo- que hablar de ese mundo tan simple y complejo llamado masculinidad. 
Aun así cada día mi teoría  sobre ellos está más infundada: Todos los hombres son como una droga, a veces te suben a las nubes y lo ves todo de rosa y, otras, te deprimen, te  dejan caer, hundiéndote en la más profunda tristeza y encima sin paracaídas. Y las grandes caídas que experimentamos las mujeres se basan, la gran mayoría, en una cosa: Las mentiras. 

Aunque considero que si los hombres engañan es por la misma razón que los perros se lamen: ¡Porque pueden! Pero hay algo que me sorprende e inquieta; ellos pueden vivir años aguantando una mentira dicha -e incluso llegar a olvidarla- mientras que las mujeres en general nos comemos por dentro, ¿será tal vez por nuestro instinto de cotilleo que nos hace contar todo lo que sabemos?. Lo que sé es que aquel que dijo "ojos que no ven, corazón que no siente", era gilipollas. 

Nosotras sufrimos, sufrimos y sufrimos por esos tontos descerebrados.Y cuando piensas, te das cuenta: la vida no está para ser infeliz y pasartela amargada por un idiota. La vida es caer y levantarse, volver a caer y volver a levantarse, pero a fin de cuentas, levantarse y continuar con una despampanante e imborrable sonrisa. Es ese sentimiento de alegría los viernes y saber que te tienes que joder los lunes, pero no dejes de ser feliz. 

Nunca.




sábado, 10 de marzo de 2012

Necesitar.

"Hoy necesito quiero que me devores a besos, hasta el amanecer si puede ser. ¿Y después? Fumarnos un cigarro mirando por la ventana, aún desnuda y, si puede ser, con algo tuyo puesto,viendo como el camino se va iluminando. Ah, también necesito me gustaría sentir como tus besos bajan por mi espalda con una dulzura desconocida para la gran mayoría. Y, ahora que lo pienso, necesito deseo que me mires con esa dulzura que siempre quise para mi sola.


No necesito amo a nada más. Sólo a ti."

No querías que te necesitara y es cierto que cambiando esa palabra comodín por otras que expresan mucho más... Queda más bonito.


Tengo un consejo de los míos para vosotras: Dejad de necesitarle tanto para quererle y amarle más, ¿vale?:)

jueves, 8 de marzo de 2012

Sexo en la ciudad.

Suele decirse que los polos opuestos, se atraen. Lo que no se dice, es que los polos opuestos también tienen conceptos diferentes sobre lo que es un sábado noche bestial. Muchas mujeres, mientras vuelven de estar de fiestas en nuevos y modernos locales nocturnos con sus amigas para estar con sus novios -perdón, amantes-, hacen comparaciones, ya que es como si hubieran pasado la noche en un anuncio de Calvin Klein para volver a la realidad de cervezas, fútbol y taparrabos. Ese problema se encuentra enmarcado en una mentalidad que nos absorbe y yo tengo la siguiente pregunta: 

¿Por qué cuando nos comprometemos somos tan reacios a dejar nuestra vida de soltero?

Será que adoramos esa forma de pensar, esas personas y ese entorno que nos dice que podemos "disfrutar" de la vida. Y ahora tengo otra pregunta: 

¿Por qué al encontrar un novi... amante, tenemos que deshacernos de la vida de soltero que la gran ciudad nos ofrece?

A veces es recomendable parase a pensar, y reflexionar sobre por qué pensamos que la vida de soltero y la vida "compartida" no están en el mismo umbral. ¿Pensáis que no? Bien, os diré un secreto: Sois vosotros quienes decidís como es una relación de amistad, de amor, etc. Y sois también vosotros quienes decidís como queréis vivir esa vida. 
Aunque por lo visto, nuestra vida de solteros tiene una fecha de caducidad; llegará el momento en que deseemos salir de ese local nocturno tan exclusivo y queramos ir a casa, con el chico que nos vuelve locas, o aquel que, de entre todos los posibles, fue al único  al se nos escapó un "te amo" en una cálida noche de verano, consiguiendo sorpresa y a la vez que una dulce sonrisa apareciera en su rostro.

Las personas somos seres complicados, capaces de amar de una forma incondicional e irrevocable y, a la vez, capaces de destrozar a la persona por la que, en su momento, habríamos dado la vida. Así que, ¿por qué vamos a permitirnos, siendo tan complejos y enrevesados, tener una forma de pensar tan simple e inflexible?

lunes, 27 de febrero de 2012

Ni ataco, ni amenazo.

Se contempló frente al espejo; ese enorme espejo que estaba situado en el recibidor de su casa, mirándose, examinándose, de abajo a arriba. Primeramente se fijó en sus pies, descalzos y húmedos, cubiertos con esa media de rejilla negra que se deslizaba, cual enredadera apoderándose de una pared vacía, llegando hasta el inicio de sus muslos. Algunas gotas se habían colado por éstas, que presentaban varias roturas, humedeciendo su pálida y, aparentemente, frágil piel. Continuó la mirada hasta sus manos, que sujetaban, con aspecto cansado, los tacones que ella había llevado esa noche. Dejó entonces las manos muertas, haciendo así, que cayeran al suelo, sobre su vestido blanco, profanado por esas manchas, aún húmedas, de ese color rojo intenso que marcaría su vida para siempre. Continuó la mirada por su cuerpo desnudo lleno de heridas invisibles, con algunas gotas de agua deslizándose por sus curvas. Subió la mirada hasta su propio rostro, quitando algunos mechones de su largo cabello, oscuro y completamente empapado, para poder contemplarse. Su semblante permanecía impasible, pálido, sin vida. Sus ojos verdosos, apagados, estaban enmarcados con negro, que se había deslizado hasta sus mejillas, dejando dos oscuros caminos abiertos por sus lágrimas. No estaba completamente segura de que había mojado más su rostro, si la lluvia o sus saladas lágrimas, esas lágrimas que continuaban brotando de sus ojos, tintándose de negro mientras se deslizaban por su piel, cayendo hacia la nada. 

Sabía que lo mejor y lo más aconsejable en estos casos, era llorar fuerte, gritar y romper todo lo que había a su alrededor para descargar su rabia. Deslizó instantáneamente la mirada hacia su salón, por el cual parecía que había pasado un huracán. Cristales rotos cubrían finamente el suelo, acompañados de los trozos de madera astillada de los diferentes muebles y la tela caída de las cortinas rajadas.
Y una mierda ayudaba eso a eliminar la rabia.
Por eso se colocó frente al espejo, frente a sí misma, torturándose con cada lágrima que desprendían sus ojos irritados. 
Su propio subconsciente, con la voz ronca y vacía de vida, le murmuró a su yo del espejo:
Acuérdate de esta imagen la próxima vez que vuelvas a amar. Vas a quedarte aquí, hasta que ese amor salga por las lágrimas heridas de tus ojos. Ni te ataco, ni te amenazo. Quiero que lo hagas por ti. Porque si no te proteges tú ¿quién va a hacerlo por ti?

Y eso hizo ella. Sin prisa, ni tampoco lentitud, dejó que las lágrimas continuaran sin colocar ningún freno en ellas. Ella no era quien debía pararlas, pero la pregunta era: 
¿Sería ella la única en saber eso?

viernes, 24 de febrero de 2012

Secretos de una joven guidette.

Ella ya había ido a muchos pubs y discotecas a lo largo de su vida, pero aquella era la primera vez en la que le pedían que se abriera de piernas antes de la primera copa. O eso pensó mientras le pasaban el detector de metales  en torno a su cuerpo justamente a la entrada de uno de esos lugares donde muere el sábado noche para nacer un domingo con resaca.
No tenía demasiado claro el por qué estaba allí. Se sentía demasiado fuera de lugar pero necesitaba, a la vez, evadirse del mundo. Quizás un par de chupitos y uno de esos bailes salvajes, en los que no estás seguro si se está solo bailando o metiendo mano, le ayudaría a no pensar en el tema. Algo inevitable.
¿Por qué demonios no podía apoyarle? ¿Y eso no es lo que hacen las parejas: apoyarse en sueños estúpidos?
Báh, demasiadas preguntas. Mejor pedir otro chupito y esperar a estar tan borracha que no fuera capaz de pronunciar esas preguntas con claridad.

La despertó un intenso rayo de sol cruzándole el rostro como una bofetada. Otro maldito día. Fue entonces cuando sintió que unos brazos desconocidos  la rodeaban desde atrás y le daban un suave beso en el cuello. Vale, nena, este sería el peor de los malditos días. Y no por el hecho de despertarse con un hombre al cual tendría que echar en los siguientes cinco minutos inventándose cualquier escusa disparatada, sino porque sabía que se llevaría todo ese día buscando señales en palabras que seguramente no tendrían el más mínimo mensaje oculto. Hombres, siempre tan simples.

Un codazo discreto pero certero, una despedida rápida y cerrar la puerta tras un "ya te llamaré" que iría seguido por un "en el mejor de tus sueños" en bajos susurros, aun sabiendo que aquel joven, del cual no recordaba ni su nombre -eso si se lo había dicho, claro-, no escucharía.

¿Y por qué había que etiquetar a las personas? ¿Por qué alejarse de alguien sólo porque fume, porque bese mal, porque tenga un miles de muñecas de porcelana o porque se lleve a cualquier hombre a la cama?
Para ella no se trataba de un tema de etiquetas. Se trataba de que su norma fundamental era no aceptar órdenes de ninguna zorra o un capullo cualquiera. Era ella quien dominaba. Siempre. Eso sí, la dominante con el cuerpo más sexy de toda la ciudad cosa que, a diferencia de las demás, no necesitaba a nadie que se lo dijese
Sentada en el sillón de su habitación, contempló la ciudad, las miles de historias que existían en ella, dándose cuenta de que era joven, quizás demasiado como para tomarse un cosmopólitan a las doce de la mañana, desnuda y sentada sobre el sillón de su habitación mirando por la ventana.

La vida es siempre joven. Que un pesimismo absurdo y pasajero no nos haga envejecer, haciendo que perdamos el tren de las oportunidades, de los sueños, las pasiones y todo aquello con lo que, en los peores momentos, añoramos.
 

domingo, 5 de febrero de 2012

Sé que tengo un corazón inestable, y mucha amargura.

Pero no por eso soy menos hermosa, ni menos divertida, ni menos atontada de lo que soy. Me gusta fumar, ver películas de miedo y, por encima de todo, amar. 


¿Parece una carta de presentación? Ni mucho menos. 
Yo no la necesito.

Sé que podría gritar libertad, salir de fiesta y hacer muchas cosas de las que, como soy, sé que luego no me arrepentiría (o tal vez sí). Soy mucho más complicada que eso. Me gusta quedarme en mi casa, acurrucada con la estufa puesta, mientras como palomitas, acompañada de mi perra  (hummm y alguien más). 
No me gusta hablar de ropa, de chicos o de cotilleos absurdos (todo el tiempo). Me gusta hablar de tonterías y cosas sin sentido, como ese capítulo de American Horror Story que vi el día anterior o sobre cuanto tarda en enfriarse el café dependiendo de dónde coloquemos la cuchara. Me gusta ir en zapatillas por casa o por el jardín, ¡o por dónde sea! Me gusta, también, colocarme una pinza rosa cerca de la parte alta de la cabeza para recogerme el cabello.
Lloro, hago guarrerías (no de esas que estáis pensando), río y escucho Kiss fm
Sé cuándo hay que mantener la compostura y cuándo da igual, pero puedo ponerme a bailar en medio de un bar abarrotado o cruzarle la cara a un tío que se me insinúe. 
Soy una ¿marronera? Báh, me la suda. Si me gusta el leopardo y que me llamen Snooki es asunto mío. ¿Estamos?


Y con ésto lo digo todo y no digo nada.


#Para quien dijo que llevaba mucho 
sin escribir en mi blog.

jueves, 1 de diciembre de 2011

De dos en dos y tiro porque nos toca.

Es nuestro turno, de vivir, de amar, de soñar. No te pido que me jures que me querrás para siempre; sabemos que sería quedarse corto.
Tampoco busco mirar al futuro: Busco vivir todos y cada uno de los momentos que se presentan contigo, por muy insignificantes que puedan parecer, amor mío, si son a tu lado, ya se tornan especiales y únicos.
Y a veces temo, temo muchas cosas, pero la que más me quita el sueño es pensar que dejemos algo atrás por vivir. Y temo eso mientras te abrazo en las frías noches, que siempre son cálidas cuando me abrazas con esa ternura, que por mucho que yo diga, sólo existe para mi. Y es ese calor y esa dulzura con la que me das besos dándome los buenos días (¡y tan buenos!) el que despeja todas las dudas que la oscuridad intenta provocarme, siendo tú más reluciente que el mismísimo astro rey que llena de intensos colores todo lo que  era gris, que da vida donde hubo muerte. Por eso, con esa misma claridad quiero que continúes a mi lado. 
No solo quiero, sino que también lo necesito pues antes de tu aparición, podía ver pequeñas estrellas en el cielo, pequeñas motivaciones que me animaban día a día a seguir. Entonces tú, con tu claridad, iluminaste la noche, volviéndola día y mostrándome un mundo que yo jamás había imaginado, ni en el mejor de los sueños. Pero, ¡pobre de mi! que si me quitases esta luz estaría tan deslumbrada que me quedaría ciega y sería incapaz de ver otra cosa, que no fuera el recuerdo de la luz con la que una vez mi vida fue vida y mis ojos, muertos y llorosos, no querrían ver nada más.

Así que, por favor, sólo te pido que me ames hoy, yo también te amaré que ya se me da algo mejor que antes.... Y ya veremos que pasa mañana. 


- Dosdeabril.

martes, 29 de noviembre de 2011

Y cuando las luces se apaguen... Báh, no recuerdo como era.

Claro que recuerdo como era. Como recuerdo todas y cada una de las cosas que he tenido contigo. Como recuerdo esas canciones, esas miradas y esas sonrisas que me vuelven loca.

Pero no dejes que las olvide.
Nunca.

Sé que me quieres, ¡cómo no saberlo!, pero recuerda tú que, aunque no necesite que me lo recuerdes cada hora, una vez de vez en cuando nunca sobra. Pido no tener que ser siempre la que comience a hablar o la que termine, y si lo hago, cállame con un beso, que es gratis. 

Sueña con que soñemos con abrazos cálidos entre las mantas del frío otoño. Ah no, eso no es un sueño, pero por si acaso, no me hagas olvidarlo.
Imagina que, aunque estemos en un extremo diferente del otro en una habitación, una sonrisa nos haga sentir que estamos a pocos centímetros uno del otro. Espera, eso tampoco es una ilusión, pero por si acaso, no me hagas olvidarlo.

Pero ésto, ésto que tenemos, que es lo más bonito que me ha pasado, es cosa de dos. Y al igual que tú me debes hacer recordar esas cositas tontas, yo te recordaré que no he de exhibirle a todos los que están a mi alrededor que te quiero.  ¿Vergüenza? Sabes que de eso no tengo. Si no lo hago, es porque lo único que necesito para seguir viviendo eres tú, porque eres la gravedad que me sostiene al suelo. Porque tú eres mi mundo.

Así que, cuando las luces se apaguen, dame un beso en la espalda, sí, sí, de esos que hacen que mi piel se erice espontáneamente, y dime, con tus labios aún rozando mi piel, eso que tú ya sabes.



- Dosdeabril.

lunes, 24 de octubre de 2011

Agitados, no revueltos.


Besos, vergüenza, noche, amistad, sonrisas, sorpresa, falta, llanto, apoyo, tabaco, depresión, cintura, asco, muecas, buscar, encontrar, playa, confesiones, espera, feria, amanecer, esquina, secreto, fiesta, asco, asco, asco, guiños, orgullo, ironía, mejores amistades, pedir, aceptar, risas, indiferencia, exterior, interior, cariño, familia, amor, empezar, continuar, futuro, vida.

Y ahora piensa lo que te salga del pomelo.

lunes, 19 de septiembre de 2011

Ella.

Algunos la definen como una borde, otros la definen como una seca.

Yo la defino como mejor amiga.

Te quiero, Maripiki.

sábado, 17 de septiembre de 2011

Dos metros y cuarenta y tres centímetros.

La apaciguada brisa otoñal acariciaba dulcemente algunas de las hojas, que ya perdían su resplandeciente verde esmeralda, tornándolas a ese color marrón tan único y característico, imposible de plasmar con suma perfección en un lienzo, ni siquiera por el mejor de los artistas conocidos y por conocer.
El aire paseaba  con movimientos delicados e invisibles por aquel claro del bosque, topándose con las hojas muertas que se dirigían al suelo y la hierba sobre la cual caían. También se movía a ras del agua de una charca que mantenía en vida todo aquel hermoso paisaje.

Aquella misma brisa se encontró con el rostro de la joven, que permanecía sentada en el suelo, transmitiéndole la esencia de todo aquello que se encontraba allí. Sintió la muerte presente en las hojas, el frescor mostrado por la hierba y la humedad del agua, todos en una combinación perfecta y única.


Respiró hondo mientras, lentamente, abría los ojos y apartaba algunos mechones de su oscuro cabello, que el aire había revuelto sobre su rostro. Bajó la mirada hasta la charca, donde algunas ranas aún croaban y saltaban de vez en cuando, observando en ésta, la luz reflejada por el sol, cuyo color cada vez era más anaranjado; ya se iba ocultando tras el horizonte.

Una sosegada sonrisa apareció en su rostro, no por ello menos amplia que las demás, mientras se incorporaba y daba un paso hacia la charca, agachándose lo suficiente como para alcanzar su daga, que descansaba en la pequeña orilla, mientras el agua terminaba eliminando los restos de sangre que aún permanecían en ella. La pasó por la tela de su oscuro vestido, secando ambos lados de la hoja y guardándola en su correspondiente lugar.
Giró sobre si misma y comenzó a caminar para salir de aquel claro, pasando junto a un montículo de tierra removida que perturbaba el aspecto homogeneo del prado, sobre el cual, yacía una pala clavada en la misma tierra que arrancó sin esfuerzo y sin frenar su paso en ningún momento. 



Justo antes de salir completamente, volvió la mirada hacia atrás observando como una fina capa de hierba ya florecía, a gran velocidad, sobre aquel montículo que pocas horas antes había hecho para esconder su pecado, sin eliminar su apaciguada sonrisa en ningún momento.



Ya quedaba menos.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Con la caída de las hojas.

El viento helado hacía flotar en el aire las primeras hojas secas que caían, muertas y sin vida, de los árboles; presagiaban que ese sería un frío otoño.


La chica andaba con rapidez, con pasos seguros y fríos, casi tanto como el ambiente. Sus labios fruncidos marcaban su disgusto y en sus ojos aún quedaban pruebas de que había llorado con fuerza, pues en torno a sus ojos su piel lucía un ligero tono rojizo. 
Volvió la mirada a su mano derecha, donde llevaba su posesión más preciada, una daga con empuñadura oscura que había pasado por todo su linaje hasta ella.
Repentinamente y sin previo aviso, sintió como si se produjera una chispa en el interior de su mente, haciendo que, acto seguido, una sonrisa ladeada, con cierto aire malévolo apareciera en su rostro:
Ya tenía un plan.
No sabía como lo haría exactamente, pero antes de que la última hoja de otoño rozara el suelo, lo lograría.

~

Hoy, mi destino y yo hemos quedado para tomar 
té con pastas.

lunes, 5 de septiembre de 2011

Y pensar que sólo ha pasado un día.


Hoy, al despertar, sentí que algo faltaba, algo faltaba a mi lado. Faltabas tú durmiendo a mi lado, abrazándome como sueles hacer, de esa forma tan dulce.
Eché de menos tu sonrisa al verme despierta, al igual que echo de menos esas cosas que murmurabas que tantos estremecimientos producen en mi espalda de solo recordarlo. Ahora sigo echando de menos que te cueles en mi cama mientras duermo; perdón, no duermo.
No puedes pedirme que duerma tras dar mil vueltas en la cama, porque ahora, a diferencia de antes, no sé cuando vas a venir a dormir conmigo y me da miedo de quedarme dormida, porque no quiero despertar otro día sin tus besos ni tu hermosa mirada clavada en mi rostro mientras duermo.
Eché, echo y echaré de menos hasta que vuelvas, cada una de esas cosas que nadie más sabe y que en silencio esperan, entre mis sábanas, a que vuelvas a recordármelas; caricia a caricia, beso a beso.
Y ante todo echo de menos que me susurres que me quieres y todo eso que me necesitas; ni la mitad de lo que yo a ti.

Sólo prométeme otro dos de abril.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Castillo de naipes.

Futuro. Todos pensamos en él, todo el tiempo. 
¿Me explica alguien por qué? Sí, planificaciones. Siempre planeamos para un futuro; ir a la universidad o no, casarnos o no, viajar o no. Siempre trazando y eligiendo diferentes posibilidades dentro de un abanico lleno de ellas. Algunas opciones mejores y otras peores; algunas las tenemos decididas y con otras pasamos mucho tiempo reflexionándolas.


Hoy os propongo algo: Vivid el presente. No digo que no planifiquéis un futuro, es más, esas planificaciones surgen del querer disfrutar la vida. 


¿Cómo vais a disfrutar la vida si os lleváis toda ella planificándola?


Vive el minuto, el segundo; nunca dejes de VIVIR en mayúsculas. Sólo tenemos una vida y las mejores experiencias surgen a veces de la expontaneidad de cada uno. 
No quiero que prometas que me harás reina el mundo, tampoco quiero que prometas que me regalarás el cielo.
Sólo prométeme un beso al despertarme mañana y después, ya veremos.

De ahí mi teoría que la vida es como un gran castillo de naipes. Nunca sabes hasta donde, ni como llegarás. ¿Me explicas para qué cojones piensas en el séptimo piso de cartas si ni siquiera has acabado la base? Puede que muchas veces el castillo se desmorone por una carta mal colocada.

Pero recuerda: Siempre puedes volver a empezar; ya sabes como has de colocar esa carta para que jamás vuelva a caerse.